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30-08-2016 - 01:51

Víctor Caso Lay, el contralor que vendía botones

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Víctor Caso Lay, el contralor que vendía botones.

Víctor Caso Lay, el contralor que vendía botones.

El miércoles pasado, los periodistas que cubren las noticias en el Congreso se quedaron sorprendidos cuando llegó el contralor Edgar Alarcón. Detrás de él, llevando unos fólderes en la mano, estaba el excongresista Juan Díaz Dios, un acérrimo defensor del fujimorismo. En cuestión de segundos, los hombres de prensa descubrieron que Díaz había sido nombrado como coordinador parlamentario de la Contraloría General, encargada de supervisar y vigilar los recursos del Estado.

Es decir, Díaz Dios tenía la función de llevar y comunicar sobre las investigaciones confidenciales que realiza la Contraloría y le interesan al Congreso, controlado casi en su totalidad por el fujimorismo.

Las redes sociales estallaron. Todos nos preguntábamos, ¿cómo un contralor, que debe demostrar independencia a prueba de balas, había nombrado en ese estratégico cargo a un fujimorista confeso y con una acusación de haber maltratado a su esposa?

Acorralado por las justificadas críticas, a Edgar Alarcón no le quedó otra que pedirle a Díaz Dios que renuncie y se fue a su casa. La imparcialidad del contralor, sin embargo, ha quedado en sospecha.

Este episodio me ha hecho recordar el papel nefasto que tuvo el excontralor Víctor Caso Lay, durante el gobierno del expresidente Alberto Fujimori. Corría 1993. Vladimiro Montesinos andaba en la búsqueda de un contralor que él pudiera manejar. Fujimori se lo presentó.

Los agentes del SIN descubrieron que Caso Lay era un ingeniero desconocido, que se dedicaba a la venta de botones en una antigua calle del Centro de Lima. Tenía una numerosa familia y un desmedido afán de ganar dinero y tener poder. Era el hombre ideal para Montesinos.

Durante los siete años que fue contralor (desde 1993 hasta el 2000 cuando cayó el régimen), Caso Lay no investigó, ni supervisó los millones de millones de soles que Montesinos utilizó indebidamente para sostener ese gobierno y realizar millonarias compras de armamento, que hizo bajo la fachada de ‘decretos secretos’.

Por esos años, cuando era reportero de la Unidad de Investigación de ‘El Comercio’, descubrí que lo primero que hizo Caso Lay, cuando llegó a la Contraloría, fue construirse un espectacular y lujoso ambiente donde tenía hasta jacuzzi. Ningún empleado podía entrar allí, solo sus amigos.

El contralor le sacaba el jugo a su cargo. Mandó a poner en su casa una línea telefónica de la Contraloría para uso de sus familiares. Los abultados montos de las llamadas los pagaba el órgano de control. Cuando llamé, para comprobar la información, me contestó la mismísima empleada de su casa.

Durante los meses de verano sus hijos utilizaban las camionetas oficiales de esa entidad para irse con sus amigos de farra a las playas del sur. Caso Lay terminó preso.

Después de la ‘metida de pata’ del contralor Edgar Alarcón vale preguntarse, ¿quién controla al contralor? Nos vemos el otro martes.

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