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15-09-2015 - 01:21

El Cártel de Tijuana

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A simple vista, en las calles de Tijuana no hay huellas de los ríos de sangre que diariamente corren por ellas, pero el miedo se vive por los constantes asesinatos.

A simple vista, en las calles de Tijuana no hay huellas de los ríos de sangre que diariamente corren por ellas, pero el miedo se vive por los constantes asesinatos.

“Mañana iremos a Tijuana. No es obligatorio, el que quiere no va”. El temor nos entró al cuerpo apenas escuchamos el nombre de aquella ciudad, donde opera el Cártel de Tijuana, de los hermanos Arellano Félix, una de las más poderosas y violentas organizaciones del narcotráfico de México.

Ocurrió el año 2009 cuando fui invitado con 13 periodistas latinoamericanos a un curso en San Diego, California, llamado ‘Periodismo de Investigación: destapando la verdad’.

A simple vista, en las calles de Tijuana no hay huellas de los ríos de sangre que diariamente corren por ellas, y tampoco huele a pólvora, pero el miedo se vive por los constantes asesinatos, debido a las disputas sangrientas entre narcotraficantes por el control del negocio de la droga. Las cifras de las víctimas bordean ¡las mil cada año!

Lo primero que me llama la atención es el titular de un diario colgado en un quiosco: ‘Detienen a sujeto con tres millones de dólares’. ¿Esto es cierto o se trata de un periódico sensacionalista?, le pregunto al periodista Vicente Calderón, director del Tijuanapress.com.

Calderón sonríe. Me dice que es cierto, que eso ocurre casi todos los días y que los ‘narcos’ buscarán venganza. Por la noche, Calderón me llama para avisarme que habían aparecido cuatro cadáveres relacionados a ese caso.

Cuando llegamos a Tijuana, el recién nombrado jefe de esa ciudad, anunció una lucha frontal contra el narcotráfico. Pero tuvo que renunciar a la semana: los narcotraficantes le dijeron que si no se iba, matarían a cinco policías por día.

Yo creía que esto solo se veía en películas. Lo peor ocurrió cuando el entonces presidente Felipe Calderón anunció, mediante avisos, recompensas millonarias para quienes brindaran información de los dirigentes del Cártel de Tijuana y los lugares dónde guardaban sus cargamentos de droga.

En el aviso se colocaron teléfonos y un correo electrónico. Apenas se difundió, los ‘narcos’ respondieron. Todos los días aparecían cadáveres en distintos lugares. Los cuerpos tenían un denominador común: habían sido estrangulados, sus rostros desfigurados y sus dedos cortados por la mitad.

Lo más macabro es que en sus pechos estaban tatuados los números telefónicos y el e-mail proporcionados por el gobierno. Ninguna de estas personas había querido dar información. La intención era meter miedo a la población. La campaña, por cierto, se tuvo que suspender.

Pero no todo es malo en Tijuana. Allí conocí el santuario del periodismo honesto: el semanario ‘Zeta’, cuyos periodistas han pagado con sangre su valentía de denunciar al Cártel de los Arellano Félix.

En 1988 su codirector Héctor Félix Miranda fue asesinado a balazos; en 1997 Jesús Blancornelas, quien asumió la dirección, recibió cuatro disparos, pero logró sobrevivir de milagro; y el 2004 los narcos acabaron con la vida del editor Francisco Ortiz Franco. No dejemos jamás que esto ocurra en el Perú.

Nos vemos el otro martes.

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