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27-01-2015 - 12:53

La valiente fiscal Luz Loayza

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A la fiscal Luz Loayza no le tembló la mano cuando solicitó la detención de Fernando Zevallos.

A la fiscal Luz Loayza no le tembló la mano cuando solicitó la detención de Fernando Zevallos.

A la fiscal de Maynas (Loreto), Luz Loayza, no le tembló la mano cuando en noviembre del 2005 solicitó la detención de Fernando Zevallos, ‘Lunarejo’, el más poderoso narcotraficante peruano. Loayza hizo lo que durante 30 años ninguna autoridad se había atrevido, porque sucumbieron al miedo, fueron echados de sus puestos o porque el empresario aerocomercial les ‘rompió la mano’.

Loayza, por cierto, jamás imaginó que a partir de ese momento ella y su familia vivirían una pesadilla, no solo por las represalias del narco, sino por el abuso e incomprensión de los fiscales de la Nación, Adelaida Bolívar, Gladys Echaiz y José Peláez.

Apenas asumió el caso, Loayza y un grupo de policías conocidos como ‘Los Intocables’ (ver columna del 16/12/2014) logró reunir pruebas, recopiló testimonios, fotos y grabaciones legales que le permitieron acusar y pedir la detención del todopoderoso dueño de Aerocontinente.

Días antes de que tomara esa trascendental decisión, me la presentaron en un restaurante de San Isidro. Era baja de estatura, delgada, pero ‘chúcara’, llena de aplomo y carácter, como todas las arequipeñas de raza.

“No sabe a lo que se mete, doctora”, le advertí y le conté lo mal que habían terminado las autoridades que osaron acabar con las andanzas de ‘Lunarejo’, incluido yo mismo, que tuve que separarme de mi hijo y enviarlo al extranjero por seguridad.

“Yo actúo con la ley en la mano”, me respondió mientras saboreaba un mojito cubano.

Días después, las portadas de los diarios la tenían en primera plana, pues su pedido fue aceptado y el narcotraficante acabó preso. Todos los medios la entrevistaban. Una revista, incluso, la eligió como ‘La fiscal coraje’.

Cuando estaba por retornar a su fiscalía de Loreto, un informe de inteligencia advirtió que unos sicarios la esperaban para asesinarla. Fernando Rospigliosi, el ministro del Interior de entonces, advirtió públicamente de esa amenaza. Entonces Loayza pidió a sus superiores que la dejaran en Lima.

Pero nadie le hizo caso. Adelaida Bolívar dijo que ‘los fiscales no deben tener miedo’; Echaiz insinuó que Loayza había ‘perdido la razón’ y Peláez pidió detenerla por ‘no tener competencia’ en el caso Zevallos.

Loayza enfermó gravemente y su madre, agobiada por lo que le sucedía a su hija, murió poco después. El 2007, el Ministerio Público la pasó administrativamente al retiro y le asignó una ‘pensión provisional’ ridícula de 1.500 soles.

La semana pasada, la procuradora antidrogas Sonia Medina y yo la invitamos a cenar. Los años le han caído encima a la valiente fiscal, está abatida, y hasta hoy no olvida lo que un día le dijo ‘Lunarejo’ mientras lo interrogaba: “Doctora, algún día usted estará aquí y yo donde está usted”.

Loayza no cree en profecías, por eso no pierde la esperanza que algún fiscal de la Nación revisará su injusta situación.
Nos vemos el otro martes.

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